Édgar Espinosa el Ex Integrante Del Grupo Niche al que el "Bronx" no le Pudo Quitar el 'Tumbao'

Édgar Espinosa Hurtado es uno de esos músicos que cocinó su talento en el hervor de la Cali de los años 70, esa que aprendió a bailar Anacaona en el Obrero y que tenía por sus ídolos de barrio a Manyoma y a Piper Pimienta. Fue también de esos que lograron dejar su estampa en la dulce efervescencia del Grupo Niche, el mito vivo de la salsa caleña.

Hoy, con 59 años de edad, Édgar es de esos cuyo mundo estrecho cabe en las fronteras de El Calvario, en el centro, y los andenes de la Décima. La fama que pudo y no tuvo se la consumió el sueño de la rebeldía y la droga. Cuando despertó ya era tarde.

Su rostro ennegrecido por el hollín de la indigencia circuló en redes sociales en el 2014, cuando andaba en Bogotá. Los jóvenes de la Facultad de Artes de la U. Distrital ‘descubrieron' la lucidez en el piano de las manos de un hombre de la calle.

“Yo siempre pasaba por ahí antes de llegar al Bronx y soñaba con poder entrar, poder ser profesor. Un día los muchachos estaban ensayando y entonces yo traté de meter las manos a tocar el piano. Pensaron que me lo iba a robar, pero luego me dejaron. Había un pelaito que grabó un video”.

Édgar restó el compás abolerado a ‘Mujer divina’ y le sumó los bemoles de su salsa. La versión del éxito de Joe Cuba fue aplaudida por los estudiantes e Internet hizo lo suyo.

Las manos tiznadas que protagonizaron ese video fueron las mismas que años atrás habían conquistado el oído esquivo de Jairo Varela, y que llevaron a Édgar a imprimir su nombre como saxofonista y timbalero, por un tiempo, del Grupo Niche.

“Conocí a Jairo por intermedio de Nicolás Cristancho, Macabí. Con él yo trabajaba en Ramón Antigua, ahí yo tocaba el timbal y cantaba. Un día me dijo: ‘Édgar, mañana vamos a ensayar con Grupo Niche. Andá que están necesitando un timbalero y el man que citaron no va a ir. Yo sé que no va a ir’. Yo fui y efectivamente el hombre no llegó, entonces Macabí me dijo que entrara e hiciera lo mío”.

Édgar había llevado su timbal y supo que era su momento. Frente a Jairo Varela sus manos se movieron al son de la sangre Espinosa. En el percutir de las baquetas se distinguía la tenacidad con la que su padre, ‘Pajuelín’, sonaba la trompeta; y en el ritmo sobre la campana, la sensibilidad de su madre en el saxofón.

Mostró que llevaba con la música los mismos días que tenía sobre la Tierra. Nació en la Cali del 58, la que celebraba en diciembre su segunda Feria y se alimentaba con las voces de Daniel Santos y Dámaso Pérez Prado en el ‘Séptimo Cielo’. Se crió en las calles del barrio Santander, que lo sorprendieron varias veces gozando lo nuevo de la Matancera, y las mismas que le habrían de enseñar lo que sería su condena; una para toda la vida.

Tiene tres hijos en Bogotá, el menor de ellos de 32 años. Sin embargo, el vínculo con su familia se rompió en medio de las drogas.
“Conocí las drogas a los 11 años. Otro pelado de mi edad que trabajaba en un taller de mecánica un día me dice: ‘Ve, Édgar, vení, probá esto’. Era marihuana. Recuerdo que lo probé y todo me daba vueltas. Después empecé con cocaína, luego el bazuco”.

Aquel día de la audición, frente a Jairo Varela, Édgar obtuvo un ‘sí’ que le permitió entrar a hacer parte de la historia del Grupo Niche. Por esa época, en 1981, la orquesta logró su segundo acetato: ‘Querer es poder’, el primer gran salto en escena y la primera muestra de un sonido que rompería años después las fronteras del continente.

‘Buenaventura y Caney’, ‘Digo yo’, ‘Homenaje de corazón’ y ‘Enamorado de ti’ fueron algunos de esos temas producto del ingenio del maestro Varela y de Alexis Lozano. En ellos, claro, también estaba el sonido de Espinosa.

Tras una temporada en Niche, Édgar quiso probar suerte en el Grupo Clase de Medellín, pero la aventura no duró mucho, pues en 1987 una bandada de músicos de Niche, estando en la Feria de Cali, decidieron renunciar ante el maestro Varela y crear la Orquesta Internacional Los Niches. A ese viaje fue invitado Espinosa.

Con Los Niches, Édgar probó del champagne de fama que le había faltado hasta entonces. Era una de las tres voces principales de la orquesta, junto a Héctor Viveros y Gustavo Rodríguez.

Édgar Espinosa Los Niches

En la izquierda, el primer álbum de los Niches. Édgar aparece primero, de izquierda a derecha, en la segunda fila. En la segunda imagen está en el centro.

Cortesía para El País

Su protagonismo le apartó un lugar especial en las portadas de los discos. De aquella época recuerda sus primeros viajes por fuera del país y el mejor capítulo de su vida musical.

Sin embargo, durante todo ese tiempo estuvo acompañado por esa sombra que le empezó a pisar los talones en las calles de su infancia en el barrio Santander.

“Recuerdo una época en Los Niches en los que yo armaba 50 cigarrillos de bazuco, los dejaba en el nochero y me iba a tocar. No veía la hora de terminar para ir a fumármelos. Los 50 en una sola noche”.

Aquella sombra de las drogas le envolvía y terminó por nublar su talento. Paulatinamente dejaron de llamarlo para los ‘toques'. No grabó más. Ese camino lo llevó hasta el ‘Bronx' de Bogotá; aquella suerte de barrio, ya extinto, en el que se encontraban el hambre con la adicción.

“Uno se trata de justificar. Había compañeros míos que se dejaban coger ventaja del vicio. Hubo uno, ‘Yayi’, que llegó hasta a empeñar el trombón para fumar. Yo le decía: ‘vos sos pendejo, si el trombón te da para el vicio cómo te lo vas a fumar’. Entonces yo le decía a Dios: ‘yo por lo menos no soy como ellos’. Y él me respondía: ‘usted no es como ellos pero usted mete también’”.

En Bogotá, Édgar vivió entre los puentes de La 26 y los laberintos del Bronx por varios años. De ese tiempo quedan videos en internet en los que se le ve apostado en La Séptima, vendiendo un solo de flauta o lo que quedaba de su voz a cambio de un par de monedas.

Hoy, en Cali, varios años después, Édgar dice haber dejado los vicios. Sin embargo, sigue estando cercado por los fantasmas del hambre y la tentación.

– ¿Y dónde vive ahora?

– Pago un cuarto en la olla, ahí en la 11 con 11, frente al Palacio de Justicia.

– ¿Y de qué vive?

– De rebuscarme en la calle. Me paro al frente de un restaurante, una cafetería , toco una flauta y canto. A veces encuentro personas que me distinguen. A veces alguna persona me dice que le barra un andén y me regalan un tinto, un pan. Si no lo hago me muero de hambre.

Del rostro redondo que lucía en los LP de Los Niches ya no queda mucho. El trajín le ha languidecido la expresión. El cabello abundante también quedó atrás.

Sin embargo, dice que no todo lo ha perdido. “Se me fue todo menos tres cosas: mi fe en Dios, mi talento y mi humor”. Por eso se aferra a su música: disfruta sentarse a escribir un tema en los andenes de la Avenida Primera, frente al río, o en Bellas Artes.

A veces viaja a Bogotá, cuando tiene cómo, a tocar con la orquesta Son Callejero, que reúne a varios músicos del país que han recorrido caminos similares al suyo.

Además de ensayar, el grupo también es invitado a escuelas y barrios para dar charlas – desde la experiencia – sobre los riesgos de caer en las drogas.

Al final, la historia de Édgar, como la de otros tantos músicos, viene a cobrar sentido cuando su testimonio se convierte en la mejor advertencia; y su honestidad, en una muestra de valor.

De las calles a los colegios
Son Callejero Édgar Espinosa
Son Callejero. Édgar en el saxofón y atrás Roberto Echevarría en el bajo.

Cortesía para El País

Brindar testimonios sobre la cruda realidad de las drogas a los jóvenes de colegios en Bogotá es la misión que ahora tiene Édgar Espinosa con Son Callejero, una orquesta creada por Dairo Cabrera desde hace nueve años. El grupo está conformado por otros salseros que, igual que Édgar, vieron caer sus carreras al precipicio de la drogadicción.

Entre ellos están Alberto Puello ‘El Halcón’, exvocalista de El Nene y sus Traviesos; Roberto Echeverría, exarreglista de el Joe Arroyo; y el percusionista Antonio Ortiz.

Todos fueron ‘reclutados’ en las calles del Bronx y de El Cartucho en la capital del país.

“Con la orquesta no buscamos grandes giras, ni presentar a los músicos como héroes, sino tener la posibilidad de ir a los colegios con nuestra campaña ‘Al son de la prevención’. Y que las historias de vida sirvan a los muchachos para que no caigan en el consumo de drogas”, dice el director Cabrera.

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